‘Dejé de desayunar por estar en las redes’

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'Dejé de desayunar por estar en las redes'

Lo de Andrés Peña comenzó en la infancia. Se sumergía en los juegos de video cuando tenía seis años, su hermano lo había convertido en un experto. “En el colegio me la pasaba con mi Nintendo, pero en ese momento las cosas no estaban tan mal”.

Su afición lo llevó a estudiar ingeniería de sonido y con esta, a dedicar sus días a decenas de trabajos que lo obligaban a caminar de un lado al otro con su portátil a cuestas. “Fui muy buen estudiante. Sabía de software, de programación y eso hizo que antes de graduarme consiguiera trabajo”.

Fue en una compañía de audio y video experta en automatización, en donde la tecnología fue ocupando segundo a segundo la vida de Andrés. “Manejé unos proyectos grandísimos en centros comerciales y edificios inteligentes, y si tenía que trabajar tres días sin dormir lo hacía sin problema”.

Luego de un viaje a Europa decidió montar su propia compañía. Ya tenía suficiente experiencia para comenzar a trabajar desde su casa. Eso fue en el 2007. “Todo lo manejaba desde dos computadores en los que siempre tenía abierto Facebook, Messenger, Skype y al lado mi celular con WhatsApp”. Al comienzo todo marchaba a la perfección porque Andrés logró la estabilidad económica, se casó y tuvo a su único hijo.

Un segundo computador frente a su rostro, ese con las marcas de no dormir, ansioso, intranquilo, fue lo que lo llevó a la crisis más grande de su vida. “Mientras que trabajaba en dos equipos al mismo tiempo, me dediqué a jugar Poker Stars. Podía durar más de doce horas laborando y apostando al mismo tiempo y no me daba cuenta”.

Sus días eran levantarse, bañarse y entregarse por completo a las redes y a sus juegos. “Dejé de desayunar, no almorzaba y a veces comía. Todo eso pasaba mientras mi esposa se iba a su trabajo. Tenía doble vida, la del juego y los computadores y una aparentemente normal”.

Andrés comenzó a usar tarjetas de crédito, a perder dinero, a volcar sus deseos a ganar. “Como una ironía de la vida mi esposa descubrió todo por un WhatsApp. Yo era hábil para borrar evidencias pero un día leyó una conversación en la que yo cuadraba cosas para jugar en línea”.

Fue fuerte, sobre todo cuando comenzó a buscar un grupo de apoyo. “Me dolía pensar en el tiempo que perdí con mi hijo. Lo acostaba más temprano para estar metido en el computador, perdí amigos, deje de ir a la oficina y cuando me reunía con mis socios ellos se sorprendían de que yo jugara mientras hablaba con ellos. Eso era normal para mí”.

Andrés solo se reunía con otros humanos, que había conocido en la red, en un apartamento que consiguieron solo para poder sumergirse tranquilos en sus computadores. “En mi adicción ayudó mucho el caos de Bogotá. Yo con tal de no soportar trancones, pagaba todo en línea, las vueltas de banco, toda clase de pagos. Un día deje de salir, me daba pereza socializar. Al final mi esposa fue la que buscó ayuda”.

Fueron pocos los sitios de apoyo que respondieron de forma inmediata. “Nadie sabía sobre el tema. De mi enfermedad pocos conocían hasta que encontré un sitio en Bogotá que aceptó recibirme”.

Hoy Andrés recibe ayuda para lidiar con su enfermedad. “Estoy en un proceso de reflexión, busco un nuevo modo de vida, amistades, formas de interactuar. Tendré que cambiar de trabajo para recuperarme”. Ahora entiende que ser un enfermo por las redes estuvo a punto de acabar con su familia. “Yo siento que esto acabó con mis sentimientos. Me volví una persona egoísta. Daría todo por volver a ser una persona sociable, por olvidarme de lo virtual, por retornar al mundo real”.

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